lunes, 24 de febrero de 2014

Breve pensamiento hormonal (y un tanto cursi) sobre las diferencias (mar 2010)

Ves un pantalón hermoso en la vidriera. Te lo imaginás con esa camisa blanca que tenés. Casi te ves parada y con los dedos de las manos estirados y el cuello en alto como el maniquí. Entrás.

- “¿Te puedo ayudar en algo?”
- “Sí, quisiera probarme el pantalón verde de la vidriera”
- “Ay, ¿viste? Es divino. ¿Qué talle usás?

Cinco minutos más tarde estás frente al espejo: un espejo de probador. Son una plaga. Ellos y sus luces perpendicularmente perpendiculares. El pantalón, que ya pensabas llevar a la salida que tenías mañana te queda como una patada en el hígado con botines de pasto alto. Es tiro alto de los altos incómodos, marca ciertas partes que mejor dejar ocultas y hasta ves que el verde está medio desteñido de un lado. Tu “ir” es una cosa cuadrada y chata. Feo pero feo feo.

Te abren la cortina y una cara sonriente te dice: “¡Te queda hermoso!”. Más allá de la clara estrategia de ventas de la chica del negocio (clara, obvia, arcaica y, en muchos casos, inútil), siempre me hace pensar en las diferencias de percepciones que todos tenemos.

Hay que ciertas cosas innegables: 1+ 1 es 2. No importa como lo queramos ver, expresar, escribir. Es objetivamente 2. Ahora la cosa se empieza a complicar cuando nos alejamos de lo abstracto de la matemática para introducir variables como personas, ideas, sentimientos y pantalones. 

La comunicación es vital para ver las diferencias. Verlas, entenderlas, procesarlas y seguir. Las palabras tienen tantos significados como personas (creo que ya lo he dicho). A saber:

- Srita. X: Hola, ¿cómo estás?
- Sr. Y: Bien. ¿Vos?
- Srita. X: Bien. Gracias.

La Srta. X piensa que el Sr. Y no está interesado en continuar la charla. Ella inició la conversación y él simplemente le respondió, con un “bien” y un diplomático “¿Vos?”, de compromiso. Está todo mal. El Sr. Y piensa que mostró su interés hacia ella al preguntarle como estaba y que la Srta. X lo notó porque mostró gratitud (“Gracias”). Está todo bien.

El helado de Mantecol es lo más. ¿Qué gusto es tu favorito? Si me cantás “No necesito nada” de No Te Va a Gustar, me enamoro: ¿Cuál es la canción que te mueve? Le tengo miedo a los Pitufos, ¿vos? Estoy segura que no miramos la vida igual.

Independientemente de coincidir con que no hay que medir las cosas con la misma vara y lo de las dos caras de la misma moneda, ¿cómo hacer para estar de acuerdo si todos vemos algo distinto? ¿Aceptar la diferencia es el acuerdo? ¿Trabajarla? ¿Cómo hacer cuando un “qué frío que hace” te lo dicen cuando vos estás en musculosa? ¿Cómo hacer cuando las respuestas serán coherentes para mí y no para el otro?

Cuan distintas son las diferencias.

Hoy estuve insoportable. Pero insoportable, insoportable. Una mezcla de sensaciones y hormonas en ebullición. Creo que es el mundo el que difiere conmigo y yo necesito que me bajen la luna. Todas las diferencias serán juzgadas, planteadas, replanteadas. Soy una “contra” de lo diferente. 

Sin embargo, ya en las horas finales del día, con un cuarto kilo de helado de mantecol, chocolate con almendras y frutilla al agua a cuestas, veo tus diferencias y me enamoran. Y con azúcar en sangre elevada y las hormonas bajando su nivel de vida, digo que se vengan, que las peleo y las abrazo hasta quedarme dormida. 

In your face Bella Durmiente (abr 2010)

Fuimos engañados todos. No yo sola, todos. Desde chicos, en nuestras camas, sentados en el jardín de infantes, con nuestros abuelos. Estupefactos, concentrados, imaginando. Fuimos estafados y nosotros, inocentes, lo creímos. Algunos más, otros menos. Yo creo que estoy en el conjunto de “los más estafados”. ¿Por quienes? Por los Hermanos Grimm, por Charles Perrault, por quien se hacía llamar Lewis Carroll. Es decir, por Cenicienta, Blancanieves y sus enanos, la Bella Durmiente, Alicia y su país maravilloso y tantos otros. ¡Estafadores! 

En los últimos tiempos vengo escuchando historias de mujeres y de hombres por igual. Historias sobre sus parejas, sobre sus no parejas, sobre lo que buscan en un hombre, sobre lo que buscan en una mujer, si el país, si el amor. Escucho sobre las responsabilidades que supuestamente tenemos como hombres y como mujeres. Escucho y vivo.

Una pasa su infancia, momento en el que es una tabla rasa a ser completada de conocimiento, con el siguiente fragmento llegando a sus oídos y subconsciente: La Bella Durmiente (momento en que el príncipe llega a donde se encuentra la princesa)- “Durante mucho rato contempló aquel rostro sereno, lleno de paz y belleza; sintió nacer en su corazón el amor que siempre había esperado en vano. Emocionado, se acercó a ella, tomó la mano de la muchacha y delicadamente la besó... Con aquel beso, de pronto la muchacha abrió los ojos, despertando del larguísimo sueño. Al ver al príncipe, murmuró: “¡Por fin habéis llegado! En mis sueños acariciaba este momento tanto tiempo esperado.” El encantamiento se había roto. La princesa se levantó y tendió su mano al príncipe. Todos se levantaron, mirándose sorprendidos. Al darse cuenta, corrieron locos de alegría junto a la princesa, más hermosa y feliz que nunca.”

Estoy sentada frente a una computadora, miro para los costados, no hay castillos, no hay dragones, no hay príncipes en corceles con vestiduras de plata que me miren, me den la mano y me juren amor eterno. Estafada. ¡Ojo! También es porque princesas éran las de antes y príncipes también. Entre otras cosas porque yo no me voy a quedar en una cama con un vestido largo esperando a que vengan a rescatarme. No, no, no. Me niego a ser bofe.

Las exigencias en los cuentos de hadas son bidireccionales. La princesa deberá ser bella, sin celulitis, sin dolor menstrual, sin mal humor, sin suegra – porque las princesas fíjense que son casi todas huérfanas – sin exigencias, sin trabajo, sin futuro más que el de esposa fiel. El príncipe, además de azul, deberá soportar la presión de tener cabello rizado y eludir la calvicie masculina, ser viril, andar a caballo y vérsela con monstruos para aspirar a la mina más linda del condado, una vez ganada, darle los gustos, mantenerla (y a los siete enanos en alguno de los casos). 

Demasiado para los hombres y las mujeres de hoy. Pero también, en un punto, mil veces más simple. Mil veces más simple porque era un “me hice 12.000 Km, vine hasta acá en calza blanca, se me pasparon todas en el caballo pero sos lo más hermoso que ví, dame un beso” y un “oh sí, amor de mi vida, soy tuya y de ningún otro”. Nos engañaron cuando nos dijeron: “bueno, llega al príncipe que te idolatra, flasheás unos segundos y se aman para siempre” o un “llegás, tenés a la princesa entregadísima, le decís dos boludeces y es tuya, man”. ¡Ese fue el mensaje que nos dieron! ¡2 +2=4…y se acabó!

Al ser chicos del 2000 (nada de ositos, nada de mariposas) el proceso es más largo y complicado. “¡Es la internet!”, diría una señora que todos los sábados al mediodía compra sándwiches en la esquina de mi casa. Para las “princesas”: El príncipe si te idolatra es un goma, si no te idolatra un insensible. El príncipe tiene sus mambos: o habla mucho y hace mil actividades por quincena, o es del Opus, o está estresado por el trabajo, o tiene Facebook, quiere una minita para estar y nada más, no quiere compromisos, tiene miedo a la relación, se quiere casar a los dos días. Para él: es una histérica, te ceba pero no le gustás, quiere que te internes en su casa, es demasidado atorrantita, es demasiado santurrona, te controla los tiempos, que acá o en Italia, es hiper celosa, no le gustan tus yuntas, tiene Facebook. 

Además, en la ecuación donde las variables que entraban eran: distancia-caballo-dragón-beso-amor eterno, ahora hay otras cosas que entran en juego: carrera, mis tiempos, tus tiempos, mis amigos, los tuyos, mi carrera, tu carrera, mi psicólogo me dijo, necesito mi espacio, mi patria o la tuya, mensajitos (¡ay! ¿Qué le contesto?), Facebook (¿Viste lo que puso?), mail, el ex, la ex, los mambos, tus mambos, los mambos del mensajito, del mail, del Facebook, del caballo, del dragón.

¡Basta! A por lo simple, muchachada. “No calienta, se cambia. Fuera bagarto”. ¿La mina te histeriquea? No le des luz, sacale el cañón de arriba. El tipo es un pendejo, que crezca y te llame en unos añitos. 

Demostrémosle a la Cenicienta que todo el truco de perder el zapatito para que el príncipe la encuentre es muuuy complicado porque podemos usar la tecnología para decir un “¿nos vemos hoy?”. A Blancanieves, que lo de la manzanita y el ataúd de cristal es demasiaaaado complicado ante un sencillo, “¿Comemos hoy?”. Razpunsel, ¿posta? ¿Dejarse crecer las trenzas para que el idiota trepe por la ventana? Come on! Que suba 5 pisos por escalera, flaca. Digamos que sí cuando tengamos ganas, que no cuando no tengamos y que basta, cuando me cansé flaco.

El amor es simple. Es de cuentos pero de cuentos sin príncipes ni princesas. El amor es de gente con defectos, el amor es de gente que se equivoca, el amor es de gente que quiere sumar, que quiere ser feliz. El amor es simple. Es de cuentos. Es de historias que se escriben de a dos porque de a uno no sirven, se truncan, se hieren. El amor es simple. Es de nuestros cuentos. De los que escribimos sin pensar y no se borran. Es de cuentos. De los que queramos escribir y no de los que nos contaron. El amor es simple. De cuentos. Para esos cuentos, contá conmigo.

Un camino de ida que cantó Gardel (dic 2009)

Una. Uuuuna…dos. Una, dos, tres. Tres. Cuatro. Había una que no había visto. En un perímetro de ¿cuánto? ¿4 cm2? Más o menos, sí. Más o menos 4 cm. Del lado que mire es lo mismo. Llena. Estoy llena. Blancas. Fuertes. Impunes. No las podés arrancar. ¡Y porque te salen siete, sino! 

No se sabe cuándo o cómo pero me salieron canas. Este es el tipo de cosas de las que no se vuelve. 

¡Ojo! Hay muchas cosas de las que uno no tiene ni la más remota idea de cuándo pasaron ni de cómo hemos permitido que pasen. 

No tengo ni tendré idea cómo fue que pasó que empecé a comer dulce de membrillo. ¡Si a mí no me gustaba el dulce de membrillo! Un pedacito de pasta frola y chau. Fanática del membrillo. 

No sé como fue que dejé de jugar a las escondidas. Pero ni idea, ¿eh? Porque a mí me gustaba mucho jugar por el barrio. Yo soy de las que te corre lento por lo tanto era muy buena buscando escondites. Era matar o morir. Me aburría un toque a veces, cuando capaz ya habían contando tres veces y yo seguía calladita esperando ser descubierta. No se vuelve. 

¿Qué pasó en el período en que las palabras de moda pasaron de “re-copante” y “me lo transé” al actual de “guachín” y “corta la bocha”? Pero si ayer estábamos con el quilombo marketinero del Y2K, ¿me podés explicar qué capítulo me perdí? ¿O cuándo fue que te empecé a amar, por ejemplo? 

No se vuelve. ¡Y…porque no! Si no tengo idea cuando fue que dejé de grabar cassettes directamente de la radio (play/record-stop, play/record-stop), ¿cómo querés que sepa como fue que saqué el poster de Jon Bon Jovi de la pieza? De fondo marrón, con una leyenda grande y él con su pelo despeinado. Entrabas: Jon Bon Jovi. Vuelta a la derecha: Jon Bon Jovi. 

¿Cuándo dejé de preocuparme por terminar la tarea a tiempo para ver La Ola está de Fiesta y empecé a pensar en fin de mes y las cuotas de la tarjeta? ¿Cómo dejé que pasara? 

No tengo nostalgia por lo que pasó. Lo que pasó bien pasado está. Hoy soy lo que soy porque un día probé el membrillo (física y psicológicamente hablando). Me intriga como es que no me percaté que estaban pasando …las dejé ser. 

Y no se vuelve. A nada. Me podré teñir pero no es mi pelo castaño claro sino que será mi pelo L’Oreal 5/65. Jugaré otras escondidas pero sabiendo que es un juego. No puedo dejar el membrillo. Y, de nuevo, está bien que no se vuelva. No hay que ir para atrás. Sólo me hubiese gustado una suerte de alerta, un “¡oh! ¡Mirá que curioso! Estás dejando de escribir en tu diario íntimo”. 

No se vuelve. Volver no es posible. Una vez me dijeron: “Laura, volvé a Uruguay”. Fue un profesional el que me lo dijo. Yo estaba en una de mis tantas rachas de aburrimiento, a mediados de mi carrera, algo decaída y se me venía Uruguay. Uruguay con todo lo que fue: con mi casa con pileta cerca del colegio, con las tardes estudiando y mateando con mis amigas, mi primer gran amor, los asados de 6° Derecho, las clases filosofando con Dolores. Yo estaba en Buenos Aires añorando volver a Uruguay. Porque Uruguay fue hermoso. Me dijo “Laura, volvé a Uruguay”. Y volví. Y Uruguay ya no estaba. 

En realidad sí. Pero no era lo de antes. Sí la confianza con mis amigas de siempre. Pero no mi casa, no mi colegio, no mi primer gran amor. Los asados eran distintos, los problemas eran distintos, yo era distinta. Yo volví a Uruguay pensando en encontrar algo que ya no estaba. Fui a la rambla de Pocitos y encontré la de Carrasco. 

Volver, volví. La que ya no estaba era yo. Y volví para darme cuenta que añorar lo que pasó sólo sirve para perderse lo que pasa ahora. No se vuelve. Volver no es posible. Estemos atentos. 

Volver... con la frente marchita,
Las nieves del tiempo platearon mi sien...
 ‘ta madre.

Seca apreciación: mi planta y yo (nov 2009)

Rocío me regaló una planta. Es una planta de interior para mí departamento. Sabiendo que no tenía ni una, vino para mi cumple y me dijo “Feliz Cumple, este es tu regalo”. Una planta. Muy buena elección. 

Vivimos juntas desde junio lo cual, al día de hoy, la convierte en la planta que más duró bajo mi ala “protectora”. Todas se me mueren porque me termino olvidando de ellas. La relación con mi planta es bastante seca de mi parte. Seca es la palabra justa para describir nuestra relación. En parte porque me olvido de ella a veces, en parte porque me olvido de regarla a menudo. 

Ella despliega todo su verde y yo la veo hermosa. Me encanta el aire de vida que le da al rincón junto a la ventana-balcón. Quiero a esa planta pero me olvido de ella. Me olvido de sus tiempos, que no son los míos; de su fotosíntesis; de sus necesidades. Entonces aparece marchita, con sus hojas caídas y me acuerdo y la riego. Revive nuevamente en unas horas y ahí me doy cuenta de que está viva. Perdimos algunas hojas en el camino en lo que va de junio a septiembre. 

Cuando esto pasa me reprocho, me siento mal, le pido perdón. Pasa el tiempo y el ciclo se repite. Se marchita, la riego. Se está por morir, la riego. La quiero pero la tengo bastante poco en cuenta. 

Hoy volví, después de todo el día de trabajo, pensando en mí una vez más. En todo lo que tenía y no tenía que hacer. Le voy a abrir el balcón a Ofelia y veo la planta marchita. “Pero, ¿cómo? Si ayer estaba bien…”, me pregunto. Hay veces en que unas horas son una vida, un ratito lastima mucho y el tiempo perdido no siempre se recupera. 

La regué. Ahora está volviendo a estirarse, sus hojas abiertas y grandes empiezan a mirar el techo. Esta vez le pedí perdón pero me encendió algunas luces: estoy tirando demasiado de una cuerda que no es cuerda. De algo que tiene vida, probablemente sentimientos…¡quién sabe! 

No se puede llegar al extremo de la muerte, la ruptura, la angustia, la tristeza, las lágrimas para pararse y regar. El extremo seco de una cuerda se rompe fácilmente. Yo me estoy portando como otra con mi planta. Espero su límite, su máximo, su frontera. Juego, justamente al extremo. Espero que esté en su peor momento para reaccionar en lugar de ver todos los días qué necesita. Temo que un día no vuelva a despertarse y ahí no podré decir ni mú: jodete, la hubieses tenido en cuenta. 

¿Soy humana? Sí. ¿Me equivoco? Sí. ¿Tengo que pensar en el otro? Sí. Sí y mucho. Y en mí. Tengo que pensar en no llegar a marchitarme y regarme mucho. 

La quiero, me encanta, quiero que no me abandone nunca pero estoy jugando con ella. Game over. 

Historias viejas: La princesa, el aburrimiento y la lista de supermercado (sept 2009)