Esto de estar en yanquilandia está trayendo consecuencias múltiples.
Una de ellas es mi profunda adicción a todo lo que es harinas y frituras: muffins, cupcakes, cheesecake, alitas de pollo, aros de cebolla, papas fritas, alitas de pollo pero con otra salsa. Y para terminar de fijar toda esa grasa, me he decido a probar cervezas rubias tiradas. Hay que hacerla completa.
Como consecuencia de tamaña nutritiva alimentación, la superficie de mi cara se ve alterada. Haciendo un análisis topográfico (?) del asunto, me he llenado de pequeños valles, colinas, arenales... de granos. Homenajeando al país que llegó a la luna (?), tengo la cara con cráteres.
Observando mi rostro en el espejo e imaginando a Amstrong caminando "al flote", me descubrí un lunar. Oportuno e irónico como suena.
Un lunar de esos comunes, sin volumen, por los que no se va al dermatólogo. Está cerca de mi oreja derecha, en un lugar bastante inaccesible para mi vista. No para la vista del resto, evidentemente, porque ante la pregunta "¿vos viste este lunar?", la respuesta fue un corto "sí". ¡Y yo creyendo que era nuevo!
Automáticamente me puse a pensar en todo lo que desconocemos de nosotros mismos. Y en lo que, aún más desconcertante, los demás sí conocen sobre nosotros y nosotros no.
Más allá de cuestiones físicas como lunares que se esconden, el real sonido de nuestra voz, nuestra imagen en vivo sin espejar, nuestra espalda...¿Habrá acciones, actitudes, movimientos que otros registran y/o han percibido sobre mí que yo aun no lo hice?
En un rápido análisis sobre esta pregunta, mi respuesta es "¡claro!". Mis besos, mis abrazos, mis caricias, por ejemplo. Que son más que físicas porque llevan emociones que los cambian cada vez. Yo no los conozco porque no los recibo, los doy (y aunque cada tanto me de un besito en la mano, no es lo mismo) y las demás personas tampoco los conocen, por esto de que las emociones las cambian y porque, por el motivo anterior, son inagotables.
Frase hecha y trillada si las hay, la de "nunca terminamos de conocernos". ¿Y para qué queremos eso? ¿Cuál es el beneficio de conocernos completamente? ¿Poder anticipar nuestros actos? ¿Poder prever lo que hacemos? En otras palabras, ¿perder la capacidad de sorprendernos? ¿Está bueno eso?
Qué bueno que no tengo la menor idea de quien soy. Creo que me voy a ir un rato a tomarme un café conmigo.
"Yo quería que algo no pasara en 2010. Bastó con que me dijeran que no para quererlo con furia. ¿Qué tengo, Doctor?” - “Sufres de una histeria regular. Estás al borde de la infección general y no te saco el apéndice porque no te lo cubre la prepaga”. - “Doctor, sáqueme el apéndice” Quiero pensar que no soy la única histérica. Quiero pensar que es un mal pasajero.Quiero dejar de pensar.
martes, 25 de marzo de 2014
lunes, 24 de febrero de 2014
Marcá tus 6 diferencias (o una noche en Rosario City) (jul 2010)
De repente ahí estoy yo. En una gran masa amorfa. Balanceándome de un lado a otro. Luces, formas, sonidos. Me llevan, me arrastran. Me dejo llevar, me aprietan. “¿Quéeee?” “No, no te escucho”. Todo es lo mismo pero vos sos uno solo. En esa masa que viene, va, levanta los brazos, “revolea, revolea, pa derecha, pa’la izquierda”, estás vos…¡VIVO! Un sábado a la noche, en Rosario, con mis amigas de alma…en un boliche de moda.
Ya el hecho que haya dudado de escribir “boliche” o “disco” denota que estoy bastante fuera de pistas. Más allá de eso me sentí fuera de mí, estando dentro. El control de mi cuerpo lo tenían las personas que me rodeaban y el DJ. Vos querés pisar en un hueco y está ocupado con otro pie, balde, vaso tirado de plástico, agua derramada. Sos Travolta y querés demostrarlo: No, nene, no. En este momento sos un muñeco involcable, de esos inflables con la base pesada. Y pivoteás, y pivoteás. ¿Vos estás loco? ¿Cómo vas a querer bailar distinto el pasito de “Provócame”? Si lo hacés, es bajo tu entera responsabilidad.
Quizás los varones no lo sepan con detalle (pero es claro que lo notan y es evidente que lo hacemos) pero las mujeres nos arreglamos para ir a bailar. Lo hacemos. Querés sentirte distinta, única. Hasta la que ustedes miran de costado con cara de no- a-vos-no-te-estoy-mirando-es-a-la-mina-de-allá, esa también se puso linda para ir. No porque estés de levante, quizás sólo por el hecho de ir a pasarla bien con sus amigas pero todas nos miramos más de una vez al espejo antes de subir al taxi.
Y vas…Sos una diosa. Tu pelo planchado, maquillada con precisión milimétrica, los zapatos lustrados (que incluso antes te percatás en chequear con tus amigas: “¿che, estos zapatos no están medio sucios?”). Los aros nuevos, esos por los que recibiste el elogio de “vos te diferenciás por esos aros”, y que combinan con los colores que elegiste para la noche, con el saco más nuevo que tenés. Naaah, diosa, diosa.
LLegás y estás bien, mirás alrededor, la música recién comienza, hay expectativa de la noche, de los mejores temas, vas a la barra, al toque volvés. ¿Y qué pasa? Ni más ni menos que “va cayendo gente al baile”. 30 minutos después tu cara empieza a desfigurarse. Cae una amiga de una amiga que…!tiene los mismos aros que vos! ¿¡Posta!? ¿Hasta Rosario me tengo que venir para que MIS aros diferenciadores encuentren unos COMPLETAMENTE iguales? No, en serio te lo pregunto. A partir de ahí: los zapatos que lustraste, agradecé si son de cuero negro, sino…¡olvidate! Agujero de pucho en el saquito nuevo, el maquillaje corrido, la humedad te infla el pelo y salís del boliche como acabando de jugar un partidito contra las Pumas.
En estos días (días en los que estoy más mensualmente femenina que otros – ask my boyfriend if not - muá), me puse a pensar en “vos te diferenciás por esos aros”. NO. Me niego a diferenciarme por algo que se compra en la peatonal de Lomas. En esa masa amorfa y unísona, se diferencia mi amiga que odia con profundidad extrema a la gelatina, o aquella que se come un salamín por día, o la que seca el piso del baño del boliche, o la que ceba mate a dos manos en una plaza, o la que habla por celular todo Bs.As.-Rosario, o la que nunca conoció un albergue transitorio.
Si me diferencio me diferencio bien. Me diferencio por mi humor cambiante, por mis impulsos incontrolables, por ser lo irracional que soy, por amar desmedidamente, por no tener miedo al ridículo, por ponerme agresiva cuando me apasiona algo. Por hablar con todos de todo, por sonreírle a cualquiera y llorar porque pasa una mosca. Por abrirme, y preguntar, y opinar. Por ser una drama queen si se me parte una uña, si me quedo en un embotellamiento o si no lo veo por tres días. Por ponerme nerviosa si una comidita no sale como quería, por ponerle amor mientras la hago, por preocuparme por si quienes quiero están bien. Por tenerle miedo a los pitufos, y porque “que difícil se me hace, mantenerme en este viaje”. Soy así de distinta, en una masa homogénea.
Cuán atrás quedaron los días en que creía que en el Solcito o en Majo iba a conocer al amor de mi vida. Y no lo digo con nostalgia, lo digo con alegría. Voy a seguir maquillándome, y peinándome, y viéndome linda frente a un espejo. Y voy a ir a un boliche a que me arrastren, me pisen y note que estamos todas vestidas iguales. Lo voy a hacer, sonriendo, y siendo tan distinta como nadie. Tan distinta como todos.
Ya el hecho que haya dudado de escribir “boliche” o “disco” denota que estoy bastante fuera de pistas. Más allá de eso me sentí fuera de mí, estando dentro. El control de mi cuerpo lo tenían las personas que me rodeaban y el DJ. Vos querés pisar en un hueco y está ocupado con otro pie, balde, vaso tirado de plástico, agua derramada. Sos Travolta y querés demostrarlo: No, nene, no. En este momento sos un muñeco involcable, de esos inflables con la base pesada. Y pivoteás, y pivoteás. ¿Vos estás loco? ¿Cómo vas a querer bailar distinto el pasito de “Provócame”? Si lo hacés, es bajo tu entera responsabilidad.
Quizás los varones no lo sepan con detalle (pero es claro que lo notan y es evidente que lo hacemos) pero las mujeres nos arreglamos para ir a bailar. Lo hacemos. Querés sentirte distinta, única. Hasta la que ustedes miran de costado con cara de no- a-vos-no-te-estoy-mirando-es-a-la-mina-de-allá, esa también se puso linda para ir. No porque estés de levante, quizás sólo por el hecho de ir a pasarla bien con sus amigas pero todas nos miramos más de una vez al espejo antes de subir al taxi.
Y vas…Sos una diosa. Tu pelo planchado, maquillada con precisión milimétrica, los zapatos lustrados (que incluso antes te percatás en chequear con tus amigas: “¿che, estos zapatos no están medio sucios?”). Los aros nuevos, esos por los que recibiste el elogio de “vos te diferenciás por esos aros”, y que combinan con los colores que elegiste para la noche, con el saco más nuevo que tenés. Naaah, diosa, diosa.
LLegás y estás bien, mirás alrededor, la música recién comienza, hay expectativa de la noche, de los mejores temas, vas a la barra, al toque volvés. ¿Y qué pasa? Ni más ni menos que “va cayendo gente al baile”. 30 minutos después tu cara empieza a desfigurarse. Cae una amiga de una amiga que…!tiene los mismos aros que vos! ¿¡Posta!? ¿Hasta Rosario me tengo que venir para que MIS aros diferenciadores encuentren unos COMPLETAMENTE iguales? No, en serio te lo pregunto. A partir de ahí: los zapatos que lustraste, agradecé si son de cuero negro, sino…¡olvidate! Agujero de pucho en el saquito nuevo, el maquillaje corrido, la humedad te infla el pelo y salís del boliche como acabando de jugar un partidito contra las Pumas.
En estos días (días en los que estoy más mensualmente femenina que otros – ask my boyfriend if not - muá), me puse a pensar en “vos te diferenciás por esos aros”. NO. Me niego a diferenciarme por algo que se compra en la peatonal de Lomas. En esa masa amorfa y unísona, se diferencia mi amiga que odia con profundidad extrema a la gelatina, o aquella que se come un salamín por día, o la que seca el piso del baño del boliche, o la que ceba mate a dos manos en una plaza, o la que habla por celular todo Bs.As.-Rosario, o la que nunca conoció un albergue transitorio.
Si me diferencio me diferencio bien. Me diferencio por mi humor cambiante, por mis impulsos incontrolables, por ser lo irracional que soy, por amar desmedidamente, por no tener miedo al ridículo, por ponerme agresiva cuando me apasiona algo. Por hablar con todos de todo, por sonreírle a cualquiera y llorar porque pasa una mosca. Por abrirme, y preguntar, y opinar. Por ser una drama queen si se me parte una uña, si me quedo en un embotellamiento o si no lo veo por tres días. Por ponerme nerviosa si una comidita no sale como quería, por ponerle amor mientras la hago, por preocuparme por si quienes quiero están bien. Por tenerle miedo a los pitufos, y porque “que difícil se me hace, mantenerme en este viaje”. Soy así de distinta, en una masa homogénea.
Cuán atrás quedaron los días en que creía que en el Solcito o en Majo iba a conocer al amor de mi vida. Y no lo digo con nostalgia, lo digo con alegría. Voy a seguir maquillándome, y peinándome, y viéndome linda frente a un espejo. Y voy a ir a un boliche a que me arrastren, me pisen y note que estamos todas vestidas iguales. Lo voy a hacer, sonriendo, y siendo tan distinta como nadie. Tan distinta como todos.
Pedí tres deseos. Ahora. (jun 2010)
Cuidado con lo que deseás.
Me falta, por suerte, poco para un nuevo cumpleaños y un nuevo año. Con sabor a nuevo, con gustito a novedad. Con sensación de amanecer que quiero imprimirle, que voy a imprimirle a cuatro colores.
Me queda, por suerte, poco para el momento de los deseos. “Pará, pará, pedí tres deseos”, te dice siempre alguien cuando vos ya tomaste aire para soplar tu, cada vez más llena de velas, torta.
En ese momento te pasan muchas imágenes pero son sólo tres deseos. Te hacés la profunda y pedís la paz mundial, la vacuna contra el HIV y que el hambre termine. Pero de repente te das cuenta que estás sola en tu pensamiento, que no te van a dar el Nobel de la Paz y, aunque quizás mantengas alguno de ellos, acercás los deseos un poco más a tu vida. Reducís su alcance a vos. A vos, las ganas que tenés de hacer algunas cosas, a tu familia, a su salud, a tus fantasías, a tus viajes proyectados, a tu profesión, a tus amigos, al amor, a que las botas que querés comprarte entren en liquidación. Pero sólo tenés tres deseos.
Cuidado con lo que deseás.
Sólo hay tres deseos. Inmediatamente descartás lo de las botas. No vas a gastar un deseo en un par de botas. La primavera llega siempre, indefectiblemente, y con ella la liquidación. Deseo cumplido.
Cuidado con lo que deseás.
Sólo se pueden pedir tres deseos. ¿Por qué tres? Seguro que en el Código Da Vinci lo explican (la Santísima Trinidad, y zaraza, zaraza ah la la loun). Pero, entre nosotros, ¿por qué tres? Bueno, supongamos que por esas cosas inexplicables de la vida (como Lost) son sólo tres.
Cuidado con lo que deseás.
“Deseo que mi vida cambie”, no. Cuidado con lo que deseás. Deseo que mi vida sea. Es hermosa. Con todo lo que tiene, con las bajas y las altas. Es vida. Es eso. Estuve tan preocupada estos días porque cumplo años, ¿y?. ¡Los cumplo! Cumplir es efectuar. Es completar. Los lleno entonces. Voy a llenar 29 años.
Deseo mucha salud.
Deseo que un chaparrón me moje toda. Deseo conocer todo el mundo (¡o tantos lugares que me parezca el mundo entero!). Deseo que Ofelia deje de romperme el somier con las uñas, deseo que un viento me lleve a pasear. Deseo pescar en un lago cristalino y devolver los peces después. Deseo sentarme en una montaña rusa y que me den una vuelta extra. Deseo sentir las mariposas en la panza como cuando te dan el primer beso. Deseo reírme como mínimo 20 veces por día. Deseo ser tan yo. Me deseo. ¿Me pasé de tres deseos? No. Este era uno: Deseo ser y hacer feliz.
No hay que cuidarse de lo que deseás. Hay que cuidarse de no desear nada. Pedí tres deseos. Ahora.
Me falta, por suerte, poco para un nuevo cumpleaños y un nuevo año. Con sabor a nuevo, con gustito a novedad. Con sensación de amanecer que quiero imprimirle, que voy a imprimirle a cuatro colores.
Me queda, por suerte, poco para el momento de los deseos. “Pará, pará, pedí tres deseos”, te dice siempre alguien cuando vos ya tomaste aire para soplar tu, cada vez más llena de velas, torta.
En ese momento te pasan muchas imágenes pero son sólo tres deseos. Te hacés la profunda y pedís la paz mundial, la vacuna contra el HIV y que el hambre termine. Pero de repente te das cuenta que estás sola en tu pensamiento, que no te van a dar el Nobel de la Paz y, aunque quizás mantengas alguno de ellos, acercás los deseos un poco más a tu vida. Reducís su alcance a vos. A vos, las ganas que tenés de hacer algunas cosas, a tu familia, a su salud, a tus fantasías, a tus viajes proyectados, a tu profesión, a tus amigos, al amor, a que las botas que querés comprarte entren en liquidación. Pero sólo tenés tres deseos.
Cuidado con lo que deseás.
Sólo hay tres deseos. Inmediatamente descartás lo de las botas. No vas a gastar un deseo en un par de botas. La primavera llega siempre, indefectiblemente, y con ella la liquidación. Deseo cumplido.
Cuidado con lo que deseás.
Sólo se pueden pedir tres deseos. ¿Por qué tres? Seguro que en el Código Da Vinci lo explican (la Santísima Trinidad, y zaraza, zaraza ah la la loun). Pero, entre nosotros, ¿por qué tres? Bueno, supongamos que por esas cosas inexplicables de la vida (como Lost) son sólo tres.
Cuidado con lo que deseás.
“Deseo que mi vida cambie”, no. Cuidado con lo que deseás. Deseo que mi vida sea. Es hermosa. Con todo lo que tiene, con las bajas y las altas. Es vida. Es eso. Estuve tan preocupada estos días porque cumplo años, ¿y?. ¡Los cumplo! Cumplir es efectuar. Es completar. Los lleno entonces. Voy a llenar 29 años.
Deseo mucha salud.
Deseo que un chaparrón me moje toda. Deseo conocer todo el mundo (¡o tantos lugares que me parezca el mundo entero!). Deseo que Ofelia deje de romperme el somier con las uñas, deseo que un viento me lleve a pasear. Deseo pescar en un lago cristalino y devolver los peces después. Deseo sentarme en una montaña rusa y que me den una vuelta extra. Deseo sentir las mariposas en la panza como cuando te dan el primer beso. Deseo reírme como mínimo 20 veces por día. Deseo ser tan yo. Me deseo. ¿Me pasé de tres deseos? No. Este era uno: Deseo ser y hacer feliz.
No hay que cuidarse de lo que deseás. Hay que cuidarse de no desear nada. Pedí tres deseos. Ahora.
Problemas tenemos todos (may 2010)
Una amiga comentó uno de los últimos problemas de su padre: habiendo comprado un LCD, no contaba con cable HD. “Un gran problema” pensaríamos muchos, incapaces de que las comillas representaran de gran forma la ironía que queremos mostrar. Obviamente, el paso que siguió fue que mi amiga y su hermano le dijeron a su padre “Papá, vos sí que tenés un problema” (ironía x 2.000) y el padre contestó: “por suerte, hoy tengo este problema. Ya tuve otros más grandes. Hoy por suerte, mi problema es este”. Jaque mate. Game over. Fatality. ¿Qué contestás a eso?
Como es obvio, automáticamente me puse a pensar cuáles son mis problemas actuales, qué problemas tuve que pasar para llegar a donde estoy y qué es realmente un problema.
Al planteamiento de “¿Qué es realmente un problema?”, la RAE da frialmente su parecer: cuestión que se trata de aclarar; conjunto de hechos o circunstancias que dificultan la consecución de algún fin; disgusto, preocupación. ¡RAE! ¡No entendés nada! Qué es realmente un problema y qué no, es lo que te pregunté, flaco.
El “episodio Carrefour” constituyó para mí un grave problema. Un débito hecho dos veces me desbarató mis finanzas del mes. La bolsa caía, la gente perdí a su empleo, suicidios en masa. Bueno, todo eso no pasó. En parte porque a pesar de que me traía inconvenientes, tuvo una rápida solución. Y en parte porque me pasó a mí solita. De todas formas, para mí fue un desbarajuste importante. Los “todo me pasa a mí”, “por qué tengo tanta mala suerte” o “era lo único que faltaba” no tardaron en venir. Luego, en un “Laurita te pido que reacciones” me di cuenta al ver a alguien que está valientemente peleando por su vida, qué Carrefour no era un problema.
No voy a caer en el facilismo de creer que porque alguien tiene problemas mayores, voy a minimizar los míos. No. Problemas tenemos todos. Y para cada uno, un hecho distinto constituye un problema o no. Recuerdo a Dolina cuando decía, lo que creo alguna vez más he citado, que aquel que diga que tuvo una infancia feliz es porque no recuerda los problemas de su infancia. Cuando mi mamá me venía a buscar a la casa de mi vecina y Barbie todavía no había resuelto su relación con Ken, tenía un problema enorme. “Pero mamá, ¡no sé que va a pasar con ellos!”, decía mientras mi vieja me subía por la escalera porque la cena estaba lista.
¡Oh, Laura, has descubierto la pólvora al decir el cliché “es un problema porque es mío”! Sólo hice eco de esta “genialidad conocida” para crear las bases, el marco regulatorio, de lo que un problema es para así encarar mi otro planteo: qué problemas pasé y qué problemas tengo.
Marco regulatorio para la consideración de problemas
•Valor: Contestar la pregunta: ¿Vale la pena hacerse problema y angustiarse por… (insertar aquí situación considerada problemática)?
• Solución presente: Si la situación problemática tiene una solución a la vista, no deberá considerarse problema. Como me dicen seguido cuando por ejemplo me enojo por algo sin sentido (muy ocasionalmente, porque la verdad es que soy muy centrada y yo no soy de inflamar los testículos por nimiedades. Ironía x 4.000): Tenés dos problemas: el que crees que es el problema por el que estás enojada y desenojarte.
• Radio/Alcance: Por más que el radio de acción de una persona sea muy acotado, es decir que la vida gire en torno su casa y trabajo y nada más, los problemas serán directamente proporcionales a su estilo de vida pero serán problemas al fin. Si te gusta tu primo y no te da bola o te gusta el profesor de macramé y no te da bola, el problema está igual. El radio se descartará entonces. Problemas tenemos todos.
• Tiempo: Quizás el problema sí tiene una solución presente pero si la solución no llega en el período en que es útil, tenemos un problema (o no tenemos solución por lo que tenemos un problema – ver punto de “Solución presente”).
Hecha este pequeño listado de “características” de un problema veamos si los que tengo son problemas.
• Se me inundó el auto: Tiene solución a tiempo. No es un problema.
• Me ponen “Señora” en las facturas de servicios e impuestos: Probablemente porque en las bases de datos aparezco de la siguiente manera “Laura Micaela Alvarez. Edad: Casi 29, ya debe tener hasta mellizos y pastor alemán”, Cablevisión, Edesur y un par más creen que soy señora. Si bien en mi subjetividad (y dada la cercanía de mi cumpleaños) cumple con el requisito de “validez”, tiene una solución presente: Me doy de baja del cable o me proponen casamiento.
• No sé qué quiero hacer de mi vida y qué será de ella: Problemón. Es más que valido, la solución no la veo, el radio me da y no sé cuando sí voy a saber lo que quiero.
Este es mi gran problema del presente. No sé como quiero seguir. Quizás no hay que seguir, y hay que quedarse un ratito en este presente. Quizás me gusta lo que vivo hoy y no puedo verlo, y entonces tengo un problema que no es problema.
Y este es mi problema porque pasé otros: porque alguna vez me dio vergüenza actuar en un acto escolar, porque me caí andando en bicicleta, porque Barbie y Ken no resolvían lo suyo, porque no podía ir de viaje de egresados con los chicos de Montevideo, porque los médicos no sabían lo que tenía, porque tenía 2 materias de la facultad el mismo día a la misma hora, porque mi abuelo estaba en una cama y no llegaba desde Capital, porque mi trabajo ya no me gustaba, etc. etc.
Todos estos problemas y más hicieron que hoy tenga este problema. Estoy confiada en que en un tiempo, la televisión HD será mi gran problema.
A decir verdad, la existencia de problemas nos lleva a la búsqueda de soluciones. Y las soluciones son gratificantes. Como dijimos, el verdadero problema es no encontrarlas. ¿Los problemas nos hacer avanzar?
Hay constantes que giran en torno a lo que cada uno considera un problema: la salud, el amor, la felicidad. Todos los problemas se resumen en estos problemas. ¿Por qué? Problemas tenemos todos pero probablemente tengamos menos de los que creemos.
Como es obvio, automáticamente me puse a pensar cuáles son mis problemas actuales, qué problemas tuve que pasar para llegar a donde estoy y qué es realmente un problema.
Al planteamiento de “¿Qué es realmente un problema?”, la RAE da frialmente su parecer: cuestión que se trata de aclarar; conjunto de hechos o circunstancias que dificultan la consecución de algún fin; disgusto, preocupación. ¡RAE! ¡No entendés nada! Qué es realmente un problema y qué no, es lo que te pregunté, flaco.
El “episodio Carrefour” constituyó para mí un grave problema. Un débito hecho dos veces me desbarató mis finanzas del mes. La bolsa caía, la gente perdí a su empleo, suicidios en masa. Bueno, todo eso no pasó. En parte porque a pesar de que me traía inconvenientes, tuvo una rápida solución. Y en parte porque me pasó a mí solita. De todas formas, para mí fue un desbarajuste importante. Los “todo me pasa a mí”, “por qué tengo tanta mala suerte” o “era lo único que faltaba” no tardaron en venir. Luego, en un “Laurita te pido que reacciones” me di cuenta al ver a alguien que está valientemente peleando por su vida, qué Carrefour no era un problema.
No voy a caer en el facilismo de creer que porque alguien tiene problemas mayores, voy a minimizar los míos. No. Problemas tenemos todos. Y para cada uno, un hecho distinto constituye un problema o no. Recuerdo a Dolina cuando decía, lo que creo alguna vez más he citado, que aquel que diga que tuvo una infancia feliz es porque no recuerda los problemas de su infancia. Cuando mi mamá me venía a buscar a la casa de mi vecina y Barbie todavía no había resuelto su relación con Ken, tenía un problema enorme. “Pero mamá, ¡no sé que va a pasar con ellos!”, decía mientras mi vieja me subía por la escalera porque la cena estaba lista.
¡Oh, Laura, has descubierto la pólvora al decir el cliché “es un problema porque es mío”! Sólo hice eco de esta “genialidad conocida” para crear las bases, el marco regulatorio, de lo que un problema es para así encarar mi otro planteo: qué problemas pasé y qué problemas tengo.
Marco regulatorio para la consideración de problemas
•Valor: Contestar la pregunta: ¿Vale la pena hacerse problema y angustiarse por… (insertar aquí situación considerada problemática)?
• Solución presente: Si la situación problemática tiene una solución a la vista, no deberá considerarse problema. Como me dicen seguido cuando por ejemplo me enojo por algo sin sentido (muy ocasionalmente, porque la verdad es que soy muy centrada y yo no soy de inflamar los testículos por nimiedades. Ironía x 4.000): Tenés dos problemas: el que crees que es el problema por el que estás enojada y desenojarte.
• Radio/Alcance: Por más que el radio de acción de una persona sea muy acotado, es decir que la vida gire en torno su casa y trabajo y nada más, los problemas serán directamente proporcionales a su estilo de vida pero serán problemas al fin. Si te gusta tu primo y no te da bola o te gusta el profesor de macramé y no te da bola, el problema está igual. El radio se descartará entonces. Problemas tenemos todos.
• Tiempo: Quizás el problema sí tiene una solución presente pero si la solución no llega en el período en que es útil, tenemos un problema (o no tenemos solución por lo que tenemos un problema – ver punto de “Solución presente”).
Hecha este pequeño listado de “características” de un problema veamos si los que tengo son problemas.
• Se me inundó el auto: Tiene solución a tiempo. No es un problema.
• Me ponen “Señora” en las facturas de servicios e impuestos: Probablemente porque en las bases de datos aparezco de la siguiente manera “Laura Micaela Alvarez. Edad: Casi 29, ya debe tener hasta mellizos y pastor alemán”, Cablevisión, Edesur y un par más creen que soy señora. Si bien en mi subjetividad (y dada la cercanía de mi cumpleaños) cumple con el requisito de “validez”, tiene una solución presente: Me doy de baja del cable o me proponen casamiento.
• No sé qué quiero hacer de mi vida y qué será de ella: Problemón. Es más que valido, la solución no la veo, el radio me da y no sé cuando sí voy a saber lo que quiero.
Este es mi gran problema del presente. No sé como quiero seguir. Quizás no hay que seguir, y hay que quedarse un ratito en este presente. Quizás me gusta lo que vivo hoy y no puedo verlo, y entonces tengo un problema que no es problema.
Y este es mi problema porque pasé otros: porque alguna vez me dio vergüenza actuar en un acto escolar, porque me caí andando en bicicleta, porque Barbie y Ken no resolvían lo suyo, porque no podía ir de viaje de egresados con los chicos de Montevideo, porque los médicos no sabían lo que tenía, porque tenía 2 materias de la facultad el mismo día a la misma hora, porque mi abuelo estaba en una cama y no llegaba desde Capital, porque mi trabajo ya no me gustaba, etc. etc.
Todos estos problemas y más hicieron que hoy tenga este problema. Estoy confiada en que en un tiempo, la televisión HD será mi gran problema.
A decir verdad, la existencia de problemas nos lleva a la búsqueda de soluciones. Y las soluciones son gratificantes. Como dijimos, el verdadero problema es no encontrarlas. ¿Los problemas nos hacer avanzar?
Hay constantes que giran en torno a lo que cada uno considera un problema: la salud, el amor, la felicidad. Todos los problemas se resumen en estos problemas. ¿Por qué? Problemas tenemos todos pero probablemente tengamos menos de los que creemos.
Bájenme del ludo matic (abr 2010)
Alguien muy importante para mí, me dijo hoy a la tarde, “Pensá bien de todo lo que hacés, qué es lo que realmente tenés ganas de hacer”. Mi respuesta, entre otras cosas, fue “querría estar en una isla vendiendo pulseritas”. A lo que me increpó diciendo “¿y por qué no te vas? Engripada, en la cama, con una Carilina en la mano me puse a pensar qué hago, qué no hago y que no tengo ganas. Cuando pienso se pudre el rancho (me imagino la cara de mi amiga Sabrina en este momento).
Últimamente a todo el mundo le digo que tengo ganas de escribir. Y entonces, engripada y con Carilina me pongo hacerlo. ¿Sobre qué? Sobre mis ganas vs. lo que hago.
“Si realmente pudiera, me iría de viaje un año”. ¿Andate, quién lo impide? ¿Qué es lo nos frena de hacer lo que tenemos realmente ganas? ¿Es eso que pensamos que queremos lo que realmente queremos?
Hace poco otra persona me dijo que estoy en la “crisis de los 30”. Como siempre ansiosa adelantada porque tengo sólo la suma de 28 primaveras. Quizás sea cierto, quizás no pero últimamente estoy en crisis.
Yo no sé si les está pasando a todos pero me siento de repente en un gran Ludo (anche Ludo Matic). ¿Recuerdan el Ludo? Es un juego de carreras con dados. Se juega con cuatro fichas. El objetivo es sacar las fichas de uno de la base cuando el dado muestra una “Coronita” e ingresarlas en “la meta”, siguiendo un casillero, lo más rápidamente posible antes que tu competidor. También se puede “capturar” las fichas de tu contrincante “cayendo en la posición en la que su ficha se encuentra”.
De nuevo, y pueden decirme con sinceridad un “Laura, te patina el marote” pero últimamente me siento en un Ludo. Como no disfrutando el camino que voy recorriendo sino queriendo llegar a la meta. El tema es contra quien compito, por qué tengo que avanzar y qué hay cuando llegue ahí. ¿A quién hay que “caerle encima”? ¿Quién dice que hay que avanzar todo el tiempo? Es presión por desarrollar la carrera, ansiedad por tener cierta comodidad, deber de ser alguien. Auto-presión, auto-ansiedad, auto-deber. ¿Auto-presión, auto-ansiedad, auto-deber? ¿A dónde? En serio, ¿a qué meta? ¿No les pasa? Quizás “soy sola” en esto de la auto- exigencia y entonces deba tirarme un rato a hacer la plancha. ¿Puedo hacerla? ¿Sirvo para eso?
Eso de que no hay que frenar: terminar el secundario, estudiar a algo o trabajar, crecer en lo profesional, crear una familia. Crecer, crear, crecer, crear. “¡Quiero vivir, Marge, déjame vivir!” (Homero Simpson dixit).
¿Qué quiero hacer de lo que estoy haciendo ahora? Esto. Escribir. Ojalá que pudiera estar sentada con un lápiz en la mano o un teclado en frente muchas horas por día. Despertarme a la mañana, sonreírle a quien amo, sentarme y escribir. Sentarme y leer. Tomar un jugo de naranja y escribir. Agarrar la guitarra y cantar, y luego escribir de nuevo. Que llegue la noche, y sonreírle a quien amo (y algo más). Y que me paguen por hacerlo. ¿Quién no quisiera todo esto, verdad? Y escribirrrrr: En Para Ti, sobre Política, sobre amor, sobre sexo, sobre cocina, sobre países lejanos, sobre haditas, sobre Ludos Matics.
No sé contra quien estoy jugando al Ludo más que contra mí misma. Nadie me apura pero yo lo hago. Tengo que aprender que no siempre da 6 el dado.
P.D.: Sigo pensando en qué de todo lo que hago qué es lo que además realmente tengo ganas de hacer. Pero bueno, por ahora, escribo.
P.D.2: Si alguien conoce a alguien que conoce a alguien que trabaja en Para Ti, me avisa ¿eh?
Últimamente a todo el mundo le digo que tengo ganas de escribir. Y entonces, engripada y con Carilina me pongo hacerlo. ¿Sobre qué? Sobre mis ganas vs. lo que hago.
“Si realmente pudiera, me iría de viaje un año”. ¿Andate, quién lo impide? ¿Qué es lo nos frena de hacer lo que tenemos realmente ganas? ¿Es eso que pensamos que queremos lo que realmente queremos?
Hace poco otra persona me dijo que estoy en la “crisis de los 30”. Como siempre ansiosa adelantada porque tengo sólo la suma de 28 primaveras. Quizás sea cierto, quizás no pero últimamente estoy en crisis.
Yo no sé si les está pasando a todos pero me siento de repente en un gran Ludo (anche Ludo Matic). ¿Recuerdan el Ludo? Es un juego de carreras con dados. Se juega con cuatro fichas. El objetivo es sacar las fichas de uno de la base cuando el dado muestra una “Coronita” e ingresarlas en “la meta”, siguiendo un casillero, lo más rápidamente posible antes que tu competidor. También se puede “capturar” las fichas de tu contrincante “cayendo en la posición en la que su ficha se encuentra”.
De nuevo, y pueden decirme con sinceridad un “Laura, te patina el marote” pero últimamente me siento en un Ludo. Como no disfrutando el camino que voy recorriendo sino queriendo llegar a la meta. El tema es contra quien compito, por qué tengo que avanzar y qué hay cuando llegue ahí. ¿A quién hay que “caerle encima”? ¿Quién dice que hay que avanzar todo el tiempo? Es presión por desarrollar la carrera, ansiedad por tener cierta comodidad, deber de ser alguien. Auto-presión, auto-ansiedad, auto-deber. ¿Auto-presión, auto-ansiedad, auto-deber? ¿A dónde? En serio, ¿a qué meta? ¿No les pasa? Quizás “soy sola” en esto de la auto- exigencia y entonces deba tirarme un rato a hacer la plancha. ¿Puedo hacerla? ¿Sirvo para eso?
Eso de que no hay que frenar: terminar el secundario, estudiar a algo o trabajar, crecer en lo profesional, crear una familia. Crecer, crear, crecer, crear. “¡Quiero vivir, Marge, déjame vivir!” (Homero Simpson dixit).
¿Qué quiero hacer de lo que estoy haciendo ahora? Esto. Escribir. Ojalá que pudiera estar sentada con un lápiz en la mano o un teclado en frente muchas horas por día. Despertarme a la mañana, sonreírle a quien amo, sentarme y escribir. Sentarme y leer. Tomar un jugo de naranja y escribir. Agarrar la guitarra y cantar, y luego escribir de nuevo. Que llegue la noche, y sonreírle a quien amo (y algo más). Y que me paguen por hacerlo. ¿Quién no quisiera todo esto, verdad? Y escribirrrrr: En Para Ti, sobre Política, sobre amor, sobre sexo, sobre cocina, sobre países lejanos, sobre haditas, sobre Ludos Matics.
No sé contra quien estoy jugando al Ludo más que contra mí misma. Nadie me apura pero yo lo hago. Tengo que aprender que no siempre da 6 el dado.
P.D.: Sigo pensando en qué de todo lo que hago qué es lo que además realmente tengo ganas de hacer. Pero bueno, por ahora, escribo.
P.D.2: Si alguien conoce a alguien que conoce a alguien que trabaja en Para Ti, me avisa ¿eh?
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