Domingo a la tarde, después de una comilona por el cumple de papá. Me tiro en el sillón y busco una comedia romanticona para ver (le estuve metiendo duro a las pelis de terror y necesito que la gente se quiera y que que termine poseída por el Diablo). Encuentro esta: "He's just not that into you" (Ver trailer con subtítulos, perdón por la calidad). La sinopsis dice algo de "las relaciones a los 30" así que compro porque todo lo que dice "30" me atrae.
Play. Y arranca y compré. Me quedo viéndola. Obviamente una película que habla de amor. De los que están solos, de los que están en pareja, de los que están casados, de los que quisieran, de los que no quisieran. Lejos de querer ser una crítica de cine o fan de la película, me hizo pensar en algunas cosas: Eso de que "hay que" estar en pareja o "hay que" casarse y tener hijos. "hay que" ser exitoso, ¿funciona?. La respuesta obvia es: No.
Me dirán, "che, ¿sos tan genia que recién ahora te das cuenta que no funciona?" No, claro que desde hace un tiempo que lo pienso pero recién ahora estoy dejándolo funcionar. Soy chica de barrio. Crecí jugando a la mamá y al papá, a que la gente se mira a los ojos, se agarra de la mano y se ama para siempre. Que en el medio nada más. Que eso es ser feliz. Y la verdad estuve muy equivocada. Veo parejas casadas que buscan algo más afuera, veo gente sola tan feliz que contagian, veo personas que se sienten plenas detrás de su computadora en la oficina, veo gente que sonríe sin pensar en su futuro, y veo otras que no pueden parar de planificarlo. El pasto no es más verde en otro jardín. Es sólo pasto. Y me olvido a veces de regar el mío...¡y tan sólo es eso!
Creo que a veces empujo las cosas para que todo suceda. Una vez lo hice tan obvio, que lo empujé tanto, tanto, que lo tiré pá juera. A veces me es difícil "dejarlo ser" porque me da miedo no saber para donde va ir eso a ser dejado ser. Entonces por miedo, uno va poniendo bloquecitos y encauzando su río hacia la mar. El río avanza por la ruta que le marcaste. Pero es falso. No sirve, tarde o temprano esa represa va a mostrar grietas. Podrán arreglarse, o no. Hay que dejarlo ser. Y en un pacto conmigo misma, me prometí no tirar más de los pelos nada: dejalo ser, y si no vuelve..."he may not be that into you". Él, ella, ese trabajo nuevo, la relación con tu flia. No hablo sólo de una pareja.
No es lo mismo echarse y no hacer nada. No. Che, no estoy diciendo eso. Siempre digo que "hay que dejar que las cosas pasen, sin dejar de hacer pasar las cosas". Lo que estoy diciendo es que de alguna manera, todo es más sencillo de lo que hasta hoy pensaba.
Mujeres, hombres, nenes, grandes, todos buscamos lo mismo: felicidad. Entonces, de alguna manera mágica, de alguna manera astronómicamente controlada, de alguna manera destinal, las cosas que te hagan bien, tranquilo, van a terminar pasando. Sólo, como decía Paul, hay que dejarlo ser. Una nueva pista (tonta y obvia...I know!): Todos queremos ser felices. Todos encontramos o encontraremos a quien busque ser feliz de la misma manera que uno.
Todos en este universo mágico, astronómico y destinal volamos solitos y cada tanto, cada muy tanto, nos toca un lindo copiloto volando con nosotros. Dejate llevar por el viento. Volemos juntos por este rato y veamos como nos va.
"Yo quería que algo no pasara en 2010. Bastó con que me dijeran que no para quererlo con furia. ¿Qué tengo, Doctor?” - “Sufres de una histeria regular. Estás al borde de la infección general y no te saco el apéndice porque no te lo cubre la prepaga”. - “Doctor, sáqueme el apéndice” Quiero pensar que no soy la única histérica. Quiero pensar que es un mal pasajero.Quiero dejar de pensar.
domingo, 12 de diciembre de 2010
lunes, 25 de octubre de 2010
El problema de ser ansiosa
¿Tirás el botón antes de terminar de ir al baño? ¿Ni bien arranca el partido preguntás cuánto falta? ¿Tenés ganas de que sea Navidad y estamos a 25 de octubre? Sos de los míos. Si querés te cuento el final de la nota para que no te muerdas los codos de ansiedad, pero la verdad no sé como termina. Y justamente ese, es uno de los grandes problemas de los ansiosos: la ausencia del conocimiento del final o de lo que viene.
No es que quiera saber como termina una película, eso no es ansiedad. Uno sabe a ciencia cierta y de antemano que la película va a terminar. 2 horas después, 5 horas después (si es Lo que el viento se llevó). El tema es que termina. Y punto. Entonces sé que ese es el final.
El gran problema de los ansiosos y la falta de saber la resolución de algo, es que no sólo no sabemos cómo se van a dar las cosas sino que tampoco sabemos cuándo. Alguna que otra vez he reflexionado y escrito sobre la importancia de vivir el momento. Y lo sigo sosteniendo. Pero, "ok, yo ya viví este momento...¿qué momento sigue?". Ese es el pensamiento del ansioso: pensar en lo que sigue.
Es fácil cuando uno tiene mojones claros, postas que hay que alcanzar, lograr y seguir de largo. Porque uno no tiene que pensar en "¿qué sigue?" sino que está claro: jardín, primaria, secundaria, universidad, trabajo. Trabajo. Trabajo. ¿Pareja? ¿Familia? ¿Viajes por el mundo? ¿Qué disfrutar de cada etapa? ¿Vos estás loco? ¿¡Cómo me voy a detener!?
El problema del ansioso se intensifica cuando la vida no se divide en cuatrimestres y tenemos que salir nosotros a poner mojones. Yo sé que quiero seguir, porque acá ya estuve, me aburre todo esto pero no tengo todavía marcado ni claro para adonde ir. El día a día, se...lo viví. La primavera, see la viví. ¿Qué viene?
Estar en Navidad pensando en donde vamos a pasar año nuevo, en las vacaciones pensando en las próximas, en la cena pensando en qué se va a almorzar al otro día, en la peluquería en cuál va a ser tu próximo corte y en Perú pensando en la vuelta, en Banfield pensando en el sur. No es vida.
La edad del "me pongo el barcito en la playa y se va todo al carajo" es muy dura para el ansioso. Primero porque las astas las tiene uno (y aunque siempre las tuvo, ya no hay casilleros marcados) y ladear al toro para un lado sin saber para donde es complicado. Y encima, aunque no sepamos para adonde llevarlo, queremos que llegue ya.
Quisiera que existan ejercicios para el ansioso (¡probablemente los haya pero yo no los conozco, y quiero conocerlos ya!). Caminar en la cinta sabiendo que no vamos a ningún lado, sólo por el hecho de caminar.
Me gustaría tener un video club de etapas de mi vida. Ir viendo qué viene, ver qué me gusta y qué no, qué me va a pasar y qué puedo evitar. Hacer fast foward. Está claro que eso no existe y que no va a existir nunca por más ansiosa que sea. Y está claro también que no sirve de nada. Que Amelié no sería la misma película sin la escena de la mano en las lentejas, que Lo que el viento se llevó, no es nada sin la imagen del tendal de muertos de guerra, que un mundial no es nada sin himno, que una canción es otra sin las primeras dos notas.
Da miedo pensar en pasar momentos. Después no vuelven. Tranquila, ansiosa, ya vas a estar adelante y casi en el final de la cinta, vas a pensar en porqué quisiste acelerar las cosas, por qué no disfrutaste de ese baño de inmersión, de esa mateada y de ese asadito. Lo que tenés es el hoy y es un bello hoy, y lo que viene, ya vendrá.
No es que quiera saber como termina una película, eso no es ansiedad. Uno sabe a ciencia cierta y de antemano que la película va a terminar. 2 horas después, 5 horas después (si es Lo que el viento se llevó). El tema es que termina. Y punto. Entonces sé que ese es el final.
El gran problema de los ansiosos y la falta de saber la resolución de algo, es que no sólo no sabemos cómo se van a dar las cosas sino que tampoco sabemos cuándo. Alguna que otra vez he reflexionado y escrito sobre la importancia de vivir el momento. Y lo sigo sosteniendo. Pero, "ok, yo ya viví este momento...¿qué momento sigue?". Ese es el pensamiento del ansioso: pensar en lo que sigue.
Es fácil cuando uno tiene mojones claros, postas que hay que alcanzar, lograr y seguir de largo. Porque uno no tiene que pensar en "¿qué sigue?" sino que está claro: jardín, primaria, secundaria, universidad, trabajo. Trabajo. Trabajo. ¿Pareja? ¿Familia? ¿Viajes por el mundo? ¿Qué disfrutar de cada etapa? ¿Vos estás loco? ¿¡Cómo me voy a detener!?
El problema del ansioso se intensifica cuando la vida no se divide en cuatrimestres y tenemos que salir nosotros a poner mojones. Yo sé que quiero seguir, porque acá ya estuve, me aburre todo esto pero no tengo todavía marcado ni claro para adonde ir. El día a día, se...lo viví. La primavera, see la viví. ¿Qué viene?
Estar en Navidad pensando en donde vamos a pasar año nuevo, en las vacaciones pensando en las próximas, en la cena pensando en qué se va a almorzar al otro día, en la peluquería en cuál va a ser tu próximo corte y en Perú pensando en la vuelta, en Banfield pensando en el sur. No es vida.
La edad del "me pongo el barcito en la playa y se va todo al carajo" es muy dura para el ansioso. Primero porque las astas las tiene uno (y aunque siempre las tuvo, ya no hay casilleros marcados) y ladear al toro para un lado sin saber para donde es complicado. Y encima, aunque no sepamos para adonde llevarlo, queremos que llegue ya.
Quisiera que existan ejercicios para el ansioso (¡probablemente los haya pero yo no los conozco, y quiero conocerlos ya!). Caminar en la cinta sabiendo que no vamos a ningún lado, sólo por el hecho de caminar.
Me gustaría tener un video club de etapas de mi vida. Ir viendo qué viene, ver qué me gusta y qué no, qué me va a pasar y qué puedo evitar. Hacer fast foward. Está claro que eso no existe y que no va a existir nunca por más ansiosa que sea. Y está claro también que no sirve de nada. Que Amelié no sería la misma película sin la escena de la mano en las lentejas, que Lo que el viento se llevó, no es nada sin la imagen del tendal de muertos de guerra, que un mundial no es nada sin himno, que una canción es otra sin las primeras dos notas.
Da miedo pensar en pasar momentos. Después no vuelven. Tranquila, ansiosa, ya vas a estar adelante y casi en el final de la cinta, vas a pensar en porqué quisiste acelerar las cosas, por qué no disfrutaste de ese baño de inmersión, de esa mateada y de ese asadito. Lo que tenés es el hoy y es un bello hoy, y lo que viene, ya vendrá.
martes, 7 de septiembre de 2010
Una más y no respondo de mí
Una no lo hace de malvada. No es que me dispongo a arruinarte el momento y entonces "paf" te la digo. O que te veo ahí, con cara de expectativa, esperando algún tipo de consuelo y salto con lo más insignificante e impersonal que te pueda decir, la frase hecha. Y no cualquier frase hecha la de: "Si no es este será otro" y "ya vendrá". Ahí mismo, merezco la puteada. Lo hice, lo hice ayer, y me respondieron un uppercut cortito: "Sí ya séeee, pero estoy re podrida". Bien puesto.
A ver. Que yo diga frases hechas atiende, en parte, a que ya las he escuchado. He recibido las mismas. Vacías completamente. Tan hijaputamente ciertas, la mayoría de las veces. Uno termina diciendo "pero la puta madre tenía razón" y terminás convirtiéndote en un portavoz del "no hay dos sin tres", "no hay mal que por bien no venga", "las cosas por algo pasan". Pero "Si no es este será otro" y "ya vendrá" te dan en lo más bajo.
No me digas que será otro, flaca. Yo quiero a este. O a uno. O a cinco. Será el otro, o el otro, o capaz el otro. Pero hoy el que me jode es este, entonces, si el otro "ya vendrá" que venga YA porque tengo callos de esperarlo. Si vos querés seguir esperando porque "si no es este será otro", daaaaale, haceeeelo, pero yo tengo ganas de que en algún momento sea este. Quiero dejar de jugar al jueguito de si me llama, lo llamo, le digo de vernos, no le digo, le mando un mail, me hago la linda. Quiero llamarlo, que me llame, vernos, mandarle un mail y hacerme la linda para y con él.
¿Cuándo sabemos aparte que "ya vendrá"? ¿Un día vas caminando por la calle y era ese? ¿Estás en la góndola de congelados y ¡zás, ya vine amor! Una cuando arranca le juega pleno y tira un "es este". O por lo menos un "es este" ahora, acá, en este momento. Sería fácil preguntar de una "ok, viniste, ¿y a qué viniste?" pero creo que nadie se da cuenta. Ni vos, ni él, ni ella.
Y fastidia. ¿Se acuerdan la sensación de empezar un cuaderno nuevo en la primaria? El olorcito a nuevo, blanco, las esquinas punteagudas, la promesa de ser prolijos y de repente, un café con leche arriba del Rivadavia. Frustración con renglones. Así es cuando un globo se pincha. No me digas que va a venir otro.
Quizás hay frases hechas que molestan porque no nos dicen lo que queremos escuchar. Y el contexto lo es todo. No es lo mismo un "en casa de herrero cuchillo de palo" que un "el tiempo cura todo". El "si no es este será otro" y el "ya vendrá" implica ausencia, carencia, falta, que como conceptos platónicos no lastiman tanto como mirar al lado de tu cama y que esté vacía, un viernes a la noche si un abrazo, risas y besos, y charlas de dos horas por teléfono.
1.234 veces escuché el "si no es este será otro" y 679 el "ya vendrá". Las 1.913 veces me seguí sintiendo sola y vacía. Ya sabía que iba a venir pero yo lo necesitaba en ese momento.
Tomá mi "ya vendrá" como un "yo vine". Tomá mi "si no es este será otro" como un "no estés triste que sos hermosa". Y la próxima vez que escuches una frase hecha, tomá el toro por las astas y con mucha presición, porque el que mucho abarca poco aprieta, miralo a los ojos, a pesar de que lo esencial sea invisible a ellos, y
decile gracias por el fuego pero no.
A ver. Que yo diga frases hechas atiende, en parte, a que ya las he escuchado. He recibido las mismas. Vacías completamente. Tan hijaputamente ciertas, la mayoría de las veces. Uno termina diciendo "pero la puta madre tenía razón" y terminás convirtiéndote en un portavoz del "no hay dos sin tres", "no hay mal que por bien no venga", "las cosas por algo pasan". Pero "Si no es este será otro" y "ya vendrá" te dan en lo más bajo.
No me digas que será otro, flaca. Yo quiero a este. O a uno. O a cinco. Será el otro, o el otro, o capaz el otro. Pero hoy el que me jode es este, entonces, si el otro "ya vendrá" que venga YA porque tengo callos de esperarlo. Si vos querés seguir esperando porque "si no es este será otro", daaaaale, haceeeelo, pero yo tengo ganas de que en algún momento sea este. Quiero dejar de jugar al jueguito de si me llama, lo llamo, le digo de vernos, no le digo, le mando un mail, me hago la linda. Quiero llamarlo, que me llame, vernos, mandarle un mail y hacerme la linda para y con él.
¿Cuándo sabemos aparte que "ya vendrá"? ¿Un día vas caminando por la calle y era ese? ¿Estás en la góndola de congelados y ¡zás, ya vine amor! Una cuando arranca le juega pleno y tira un "es este". O por lo menos un "es este" ahora, acá, en este momento. Sería fácil preguntar de una "ok, viniste, ¿y a qué viniste?" pero creo que nadie se da cuenta. Ni vos, ni él, ni ella.
Y fastidia. ¿Se acuerdan la sensación de empezar un cuaderno nuevo en la primaria? El olorcito a nuevo, blanco, las esquinas punteagudas, la promesa de ser prolijos y de repente, un café con leche arriba del Rivadavia. Frustración con renglones. Así es cuando un globo se pincha. No me digas que va a venir otro.
Quizás hay frases hechas que molestan porque no nos dicen lo que queremos escuchar. Y el contexto lo es todo. No es lo mismo un "en casa de herrero cuchillo de palo" que un "el tiempo cura todo". El "si no es este será otro" y el "ya vendrá" implica ausencia, carencia, falta, que como conceptos platónicos no lastiman tanto como mirar al lado de tu cama y que esté vacía, un viernes a la noche si un abrazo, risas y besos, y charlas de dos horas por teléfono.
1.234 veces escuché el "si no es este será otro" y 679 el "ya vendrá". Las 1.913 veces me seguí sintiendo sola y vacía. Ya sabía que iba a venir pero yo lo necesitaba en ese momento.
Tomá mi "ya vendrá" como un "yo vine". Tomá mi "si no es este será otro" como un "no estés triste que sos hermosa". Y la próxima vez que escuches una frase hecha, tomá el toro por las astas y con mucha presición, porque el que mucho abarca poco aprieta, miralo a los ojos, a pesar de que lo esencial sea invisible a ellos, y
decile gracias por el fuego pero no.
miércoles, 11 de agosto de 2010
Los ladrones de enanos (una historia real)
Era una banda de chicos de barrio. Ellos tenían un baldío. Su baldío. Ese en el que jugaban a la pelota. Tenían arcos, pelota, potrero, lugar para la tribuna. Pero no tenían hinchada. -"¿Y si robamos enanos de jardín?", dijo uno. -¡Buenísimo!, dijeron todos.
Así, comenzaron a explorar las casas del barrio. Investigaron enanos, rejas, perros guardianes, entrada y salida de propietarios. Las fueron marcando y salieron.
Era toda una misión por cada enano. Debían ir por la madrugada para no ser descubiertos, saltar rejas, trepar medianeras y hacerse de los enanos sanos y salvos. Rotos no eran hinchadas. En poco tiempo y luego de una ardua tarea, robaron 8 enanos. Toda una hinchada (las hinchadas de enanos se conoce que son menos multitudinarias que las humanas).
Tres años más tarde, de jugar partidos con la mirada atenta de esos pequeños hombrecitos de gorros graciosos, uno dijo: "Che, nos robamos unos enanos...", "Sí", dijo otro, "¿y si los devolvemos?, dijo otro.
Y allá salieron. Tenían las casas perfectamente identificadas. Las recordaban por lo duro que había sido seleccionarlas tres años atrás. Lo que no recordaban era a qué casa pertenecía cada enano pero siguiendo el pensamiento "un enano es un enano" devolvieron, de a uno, los 8 enanos. Casa por casa.
¿Se imaginan cuando de repente 3 años después, doña María sale al jardín y ve a su enano que creyó perdido? ¿Y si encima no era su enano sino ooootro enano que bien podría haber sido el suyo?
Todo esto me puso a pensar (claro está), ¿cuándo es tiempo de dar algo por perdido?
Está claro que no podemos hablar de tiempo: 3 años y el jardín de nuevo con enano. Aparte el tiempo es engañoso. Un minuto cuando estoy mirando una película increíble es nada pero es toda una vida cuando estoy descongelando la comida en el microondas. No, el tiempo no es parámetro.
¿Será que los dueños de los enanos seguían esperándolos? ¿Es la esperanza lo que no da algo por perdido?
Yo siempre pierdo cosas y es en el momento en que digo "lo perdi" cuando aparece. A veces me engaño a mí misma y grito como loca "¡lo perdí, lo perdí, lo pedí!" pero no aparece lo que estoy buscando. ¡Y bueno! ¡Qué se yo! Tengo que intentarlo, ¿y si aparece?
¿Cuál es el parámetro entonces? ¿No necesitar de algo? ¿Darlo por perdido cuando ya no nos completa? ¿Creer que algo ya no va a estar más sólo porque no está ante mis ojos? No es el tiempo, sin dudas. Me lo dijeron los enanos.
Hay cosas que quisiera perder de todos modos. Hoy es el miedo. El miedo a tirarme a una pileta vacía y aún así ahogarme. El miedo a dar un paso al vacío pero morirme de tristeza si me quedo quieta. El miedo de creer que hay cosas que se perdieron ya para mí, que hay cosas ya perdidas, que no podré encontrar. Miedo quiero perderte. Perderte para siempre y no como los enanos.
No demos nada que deseemos por perdido porque ahí es cuando se pierde.
Así, comenzaron a explorar las casas del barrio. Investigaron enanos, rejas, perros guardianes, entrada y salida de propietarios. Las fueron marcando y salieron.
Era toda una misión por cada enano. Debían ir por la madrugada para no ser descubiertos, saltar rejas, trepar medianeras y hacerse de los enanos sanos y salvos. Rotos no eran hinchadas. En poco tiempo y luego de una ardua tarea, robaron 8 enanos. Toda una hinchada (las hinchadas de enanos se conoce que son menos multitudinarias que las humanas).
Tres años más tarde, de jugar partidos con la mirada atenta de esos pequeños hombrecitos de gorros graciosos, uno dijo: "Che, nos robamos unos enanos...", "Sí", dijo otro, "¿y si los devolvemos?, dijo otro.
Y allá salieron. Tenían las casas perfectamente identificadas. Las recordaban por lo duro que había sido seleccionarlas tres años atrás. Lo que no recordaban era a qué casa pertenecía cada enano pero siguiendo el pensamiento "un enano es un enano" devolvieron, de a uno, los 8 enanos. Casa por casa.
¿Se imaginan cuando de repente 3 años después, doña María sale al jardín y ve a su enano que creyó perdido? ¿Y si encima no era su enano sino ooootro enano que bien podría haber sido el suyo?
Todo esto me puso a pensar (claro está), ¿cuándo es tiempo de dar algo por perdido?
Está claro que no podemos hablar de tiempo: 3 años y el jardín de nuevo con enano. Aparte el tiempo es engañoso. Un minuto cuando estoy mirando una película increíble es nada pero es toda una vida cuando estoy descongelando la comida en el microondas. No, el tiempo no es parámetro.
¿Será que los dueños de los enanos seguían esperándolos? ¿Es la esperanza lo que no da algo por perdido?
Yo siempre pierdo cosas y es en el momento en que digo "lo perdi" cuando aparece. A veces me engaño a mí misma y grito como loca "¡lo perdí, lo perdí, lo pedí!" pero no aparece lo que estoy buscando. ¡Y bueno! ¡Qué se yo! Tengo que intentarlo, ¿y si aparece?
¿Cuál es el parámetro entonces? ¿No necesitar de algo? ¿Darlo por perdido cuando ya no nos completa? ¿Creer que algo ya no va a estar más sólo porque no está ante mis ojos? No es el tiempo, sin dudas. Me lo dijeron los enanos.
Hay cosas que quisiera perder de todos modos. Hoy es el miedo. El miedo a tirarme a una pileta vacía y aún así ahogarme. El miedo a dar un paso al vacío pero morirme de tristeza si me quedo quieta. El miedo de creer que hay cosas que se perdieron ya para mí, que hay cosas ya perdidas, que no podré encontrar. Miedo quiero perderte. Perderte para siempre y no como los enanos.
No demos nada que deseemos por perdido porque ahí es cuando se pierde.
La última vez
Creo que la “primera vez” está sobrevalorada. Probablemente tenga más peso de huella mnémica que la segunda, la tercera y la vigésimo sexta, pero no creo que deba tenerlo sobre la última.
Claro, es difícil saber cuándo será la última vez de algo. ¿Entonces? Sí hay últimas veces que pueden ser previstas. El último día de clases de la secundaria, el último viaje en el auto que vas a vender mañana, el último día en el trabajo que vas a dejar, la última cucharada de un helado de chocolate con almendras, la última gota de tu perfume favorito. Uno está preparado para saborear el gusto de esa última vez como si fuera…la última.
¡Ojo! La “última vez” no tiene que ver con algo negativo. La última vez que alguien se vio en el espejo antes de sacarse ese lunar peludo que le molestaba (si su decisión era sacárselo) será recordada con alegría por el recién operado. El último examen de la facultad, el último turno al kinesiólogo por ese esguince. Quizás la nostalgia entra en juego pero no la tristeza. La última vez, es última vez, y en el tiempo deberían no hacernos daño si sabemos darle el valor que merece.
¿Por qué no recuerdo la última vez que anduve en calesita? ¿La última vez que jugué a las muñecas? Que salté al elástico, que dibujé corazones con tiza en el pizarrón, que escribí una composición sobre el futuro con Flor en un banco de la 40. Es que a veces creemos que no va a ser la última vez. Porque no queremos o porque no lo son realmente.
También hay últimas veces engañosas. De las que tienen revancha. Que se convierten en primeras de otras. Y hay últimas veces en las que no hacemos más que engañarnos a nosotros mismos: “Es la última vez que te lo digo, así no quiero seguir”, “es tu última oportunidad de hacer las cosas bien”. Esas últimas veces, aunque debieran ser últimas, generalmente son insignificantes mitades de algo. Quizás cuando se llega a la palabra “última” en ciertas circunstancias, debieran respetarse como tales.
Las últimas veces de las que no tenemos control no pueden valorarse a priori. Preguntas como “¿Ese fue nuestro último beso?” salieron de mi boca una vez, justo después de mi último beso con alguien. ¿Por qué no haberlo disfrutado? El dolor iba a venir igual cuando no estaba en tus planes que ese iba a ser el último. Vino igual y ese fue mi último beso con esa persona que tanto quise. El primer beso sí se recuerda. El mío fue en la plaza de Escalada después de comer un helado. De labios apretados e inocente. Mi último beso aún no se ha escrito en mis páginas. Quizás fue nuestro último beso hace unos días pero, indudablemente, no MI último beso.
¿Por qué quedarnos con el “¡si hubiese sabido que no lo iba a ver más, le hubiese dicho tantas cosas!”? Quien quiera que me pregunte cuál fue la última vez que vi a mi abuelo tendrá una respuesta precisa. No así de la primera y es por eso que quiero reivindicar las últimas. No le “hubiese dicho” más de lo que le dije, no “hubiese hecho” más de lo que hice. La vida a veces es tajante y no da “segundas últimas veces”. Así como siempre decimos que no hay “segundas primeras”.
Quizás es más fácil prever la primera vez y no la última. Aún así, lo trillado de “vivir cada día como si fuera el último” es no sólo trillado sino imposible. Si hoy fuese mi último día, y lo viviera como tal, haría cosas impensadas, alocadas y también tranquilas. Cosas incoherentes una con otra. Creo que no podría elegir una sola cosa para hacer. Todos tenemos un “después”, un “mañana” por el cual también vivimos el hoy. No hay que vivir cada vez como si fuera la última pero creo que sí como si fuera la única. No va a haber otro lunes 22 de junio de 2009, menos a esta hora, menos en este lugar.
Aquel día, en ese instante en el que fui feliz no fue el primero, quizás el último. Fue único.
Claro, es difícil saber cuándo será la última vez de algo. ¿Entonces? Sí hay últimas veces que pueden ser previstas. El último día de clases de la secundaria, el último viaje en el auto que vas a vender mañana, el último día en el trabajo que vas a dejar, la última cucharada de un helado de chocolate con almendras, la última gota de tu perfume favorito. Uno está preparado para saborear el gusto de esa última vez como si fuera…la última.
¡Ojo! La “última vez” no tiene que ver con algo negativo. La última vez que alguien se vio en el espejo antes de sacarse ese lunar peludo que le molestaba (si su decisión era sacárselo) será recordada con alegría por el recién operado. El último examen de la facultad, el último turno al kinesiólogo por ese esguince. Quizás la nostalgia entra en juego pero no la tristeza. La última vez, es última vez, y en el tiempo deberían no hacernos daño si sabemos darle el valor que merece.
¿Por qué no recuerdo la última vez que anduve en calesita? ¿La última vez que jugué a las muñecas? Que salté al elástico, que dibujé corazones con tiza en el pizarrón, que escribí una composición sobre el futuro con Flor en un banco de la 40. Es que a veces creemos que no va a ser la última vez. Porque no queremos o porque no lo son realmente.
También hay últimas veces engañosas. De las que tienen revancha. Que se convierten en primeras de otras. Y hay últimas veces en las que no hacemos más que engañarnos a nosotros mismos: “Es la última vez que te lo digo, así no quiero seguir”, “es tu última oportunidad de hacer las cosas bien”. Esas últimas veces, aunque debieran ser últimas, generalmente son insignificantes mitades de algo. Quizás cuando se llega a la palabra “última” en ciertas circunstancias, debieran respetarse como tales.
Las últimas veces de las que no tenemos control no pueden valorarse a priori. Preguntas como “¿Ese fue nuestro último beso?” salieron de mi boca una vez, justo después de mi último beso con alguien. ¿Por qué no haberlo disfrutado? El dolor iba a venir igual cuando no estaba en tus planes que ese iba a ser el último. Vino igual y ese fue mi último beso con esa persona que tanto quise. El primer beso sí se recuerda. El mío fue en la plaza de Escalada después de comer un helado. De labios apretados e inocente. Mi último beso aún no se ha escrito en mis páginas. Quizás fue nuestro último beso hace unos días pero, indudablemente, no MI último beso.
¿Por qué quedarnos con el “¡si hubiese sabido que no lo iba a ver más, le hubiese dicho tantas cosas!”? Quien quiera que me pregunte cuál fue la última vez que vi a mi abuelo tendrá una respuesta precisa. No así de la primera y es por eso que quiero reivindicar las últimas. No le “hubiese dicho” más de lo que le dije, no “hubiese hecho” más de lo que hice. La vida a veces es tajante y no da “segundas últimas veces”. Así como siempre decimos que no hay “segundas primeras”.
Quizás es más fácil prever la primera vez y no la última. Aún así, lo trillado de “vivir cada día como si fuera el último” es no sólo trillado sino imposible. Si hoy fuese mi último día, y lo viviera como tal, haría cosas impensadas, alocadas y también tranquilas. Cosas incoherentes una con otra. Creo que no podría elegir una sola cosa para hacer. Todos tenemos un “después”, un “mañana” por el cual también vivimos el hoy. No hay que vivir cada vez como si fuera la última pero creo que sí como si fuera la única. No va a haber otro lunes 22 de junio de 2009, menos a esta hora, menos en este lugar.
Aquel día, en ese instante en el que fui feliz no fue el primero, quizás el último. Fue único.
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